
¿Tiene cabeza de piraña? mh, yo lo había pensado diferente... ora ya me hicieron dudar.
El forjador quiso un día terminar su trabajo, es decir que dejó la fragua y sus herramientas. Cansado de las personas y sus asuntos salió de la ciudad a emprender un largo peregrinaje.
Escogió lo caminos apartados y los bosques, caminó y caminó incansable por toda la tierra que podía abarcar en el tiempo, evitando siempre el contacto con sus semejantes. Cazaba, bebía, emprendía de nuevo la marcha y dejó de dormir. Atravesaba páramos, desiertos y bordeaba la línea de la costa observando siempre extasiado los ocasos que uno tras otro cambiaban de color y de tapiz de nubes. Se refugiaba en cavernas para encender el fuego, ese viejo amigo que le ayudó a fundir y mezclar metales... el cálido aliado de su antiguo trabajo.
Perdió noción de cuánto había transcurrido, meses o años... ¿siglos? no lo sabía e incluso pasaban largos periodos sin que reparase de nuevo en ello... al salir de un espeso matorral descubrió un pequeño núcleo de viviendas, apenas pudo ocultarse de una niña que lo miraba con detenimiento... escabulléndose entre la vegetación y el pesado manto del bosque, pernoctó inquieto: hacía tanto que no veía a un ser humano, aunque estas personas eran muy distintas a las que habitaban en su memoria.
Decidió dirigirse a la cercanía de la aldea, donde halló una pequeña ofrenda de alimentos, en el mismo lugar donde había sido visto por la niña... ahora los pobladores sabían de él y le dejaban un obsequio. Permaneció algunos meses cerca del poblado, nunca dejando su bastón: se convirtió en protector de los niños perdidos, los guiaba cuando estos se aventuraban en el bosque por la noche, él siempre en silencio... en la gruta que le servía de hogar se topó con un anciano, éste lo esperaba para conversar, el forjador comprendía parte de su idioma, se percataba que hacía mucho que no articulaba palabra y el anciano se esforzaba por comprender las oxidadas frases del forjador ¿acaso había transcurrido tanto desde la última vez que había hablado?.
Sólo el grupo de ancianos de la aldea era recibido por el forjador, en largas conversaciones y juegos que sólo aquellos hombres y mujeres mayores conocían... le extrañaba que aquel grupo lo tratase como un oráculo: continuamente le pedían consejo y guía. Su mano derecha fría, translúcida de hielo y agua... su mano izquierda ardiente, era de fuego... ¿qué había pasado en su cuerpo? mientras meditaba se aproximó a un espejo de agua para observar su rostro... con profunda tristeza y un sentimiento de pérdida se observó irreconocible. Cuando llevaba a los niños a través de la noche al camino correcto, recordó que jamás había encendido antorcha alguna, sin pensar usaba su mano de fuego para iluminar la oscuridad... aquella niña y los pobladores vieron lo que para él no significaba nada: había dejado de ser una persona.

